Sexo en Chamberí

por Carlota Valdés

Siempre he sido una persona a la que le pasan muchas cosas curiosas, aventuras..pero creo que no es por casualidad. Es porque yo “me las busco”. Hay que tener cierta predisposición al riesgo. A veces hay situaciones que te ayudan a descubrir tus límites, sucesos inesperados, que te dejan “a cuadros” y te ponen a prueba. Esto es lo que me pasó a mi. Internet me regaló hace ya tiempo una de las historias sexuales que seguramente recordaré “para los restos” y que le contaré a mis nietas cuando tengan la edad conveniente. Ese tipo de cosas que no te puedes creer que hayas hecho. Cosas que pasan “once in a lifetime” como se suele decir por ahí.

liguero

Pues veréis, conocí por Internet a un tío bastante guapo por lo que parecía en las fotos, un dibujante. En seguida empezamos a chatear, teníamos bastante en común. Le dí mi número, continuamos por el Whatsapp..hasta ahí todo normal Pero no. Al par de días me hizo la siguiente proposición: “¿Qué te parece si quedamos en mi casa directamente para follar? ¿Para qué andarnos con rodeos, que si cañas, que si cenas? Quedemos para acostarnos sin habernos visto antes. Atrévete y confía en mi”

Le dije que necesitaba un par de días para pensármelo pero no lo pensé mucho, al rato le dije que sí. Quedamos para vernos a los tres días aproximadamente. Durante ese tiempo no hizo más que mandarme mensajes muy explícitos que, francamente, hicieron que me pusiera cada minuto más nerviosa. “¿Qué quieres que te haga?” “¿qué juguetes quieres que utilicemos?” “¿te gusta el sexo anal?” Recuerdo que una de aquellas estaba con mis hijos en un Zara y se me cayó el teléfono al suelo del susto.

Llegó el gran día. Era domingo. Fui a comer con una amiga y le conté el percal. Me dijo que estaba loca, que cómo se me ocurría hacer algo así, que mira que te va a pasar algo, bla, bla, bla…

Aquella noche decidí sacar toda la “artillería pesada” para mi cita: corpiño, medias con liguero y taconazos. Siempre he sido muy peliculera y me fascinan esas escenas en el cine donde la chica se presenta en casa del chico desnuda bajo un abrigo de pieles. Ya que estaba decidí prescindir de la ropa y me planté una gabardina negra atada con un cinturón encima de la ropa interior. También me bebí un gintonic mientras me arreglaba. Hay cosas que no se pueden hacer sin tomarse una copa.

Al mismo tiempo, mis hijos pululaban por ahí. Recuerdo que tuve que llamar a una canguro. Siempre me llama la atención la cantidad de mujeres que hay en nosotras. Cómo una puede estar arreglándose como cuento arriba para hacer sabe Dios qué con sabe Dios quién y al mismo tiempo estar ocupándose de la cena de los niños.. Pues se puede, se puede. Y lo que es peor. Nunca se sabe quién es una en realidad, cuál de las dos.

Me despedí de mis niños con besos y abrazos, más de la cuenta (por si acaso) salí de casa y me monté en un taxi (pensando en qué diría el taxista si supiera que iba practicamente desnuda debajo de mi gabardina). Le mandé un mensaje a mi amiga con la dirección donde iba por si acaso no volvía, por si me descuartizaban o lo que fuera, cosa que muy bien podía haber sucedido. Se me pasaron fugazmente por la cabeza un par de titulares de periódico. Crucé los dedos para que en aquella casa no me esperaran siete albanokosovares con ganas de perversiones y sangre.

Llegué al sitio en cuestión y fue cuando estaba ya en el rellano de su escalera donde decidí hacer lo mejor. De perdidos al río -pensé-. Entonces saqué una especie de venda de raso de mi bolso y me vendé los ojos. Luego llamé al timbre. Con un par. Ni siquiera estaba nerviosa. Sólo expectante.

Unas manos me atrajeron hacia dentro de la casa, y en seguida unos labios bastante agradables me empezaron a besar. Era una especie de dúplex y había unas escaleras de caracol. Me quité la venda para poder subir las escaleras pero continuaba sin verle a él, que me guiaba por detrás, cogiéndome de la cintura. Toda la escalera estaba cubierta de pequeñas velas. Cuando llegué arriba, solo pude ver un tremendo ático con unas vistas impresionantes de Madrid y una cama gigante llena de luces como de Navidad esparcidas por encima. El tío se lo había “currado”. Continuaba sin verle ya que me volvió a vendar los ojos nada más llegar arriba. Ahí empezó lo bueno. Lo primero que hizo después de desnudarme fue echarme una cera caliente de una vela en la espalda. “Ya está -`pensé yo- ahora es cuando saca el cúter y chao”- No se si tenía más miedo o excitación o todo junto pero el cóctel era realmente explosivo. A cada minuto me preguntaba qué sería lo que vendría después.

No entraré en detalle de todo lo que me hizo, pero me hizo “de todo” durante dos horas, entre otras cosas atarme a las cuatro esquinas de su cama con una especie de arnés que ya tenía previamente preparado y utilizar conmigo el arsenal de juguetes que atesoraba. Todo sin verle la cara. Ni siquiera sabía cómo era más que por las fotos (y podía no ser el que yo había visto o haber siete más) pero por cómo lo hacía todo, era imposible que fuese feo.

Por fin me quitó la venda y apareció el tío más guapo que podáis imaginar. Aún más guapo que en las fotos. Me quedé lela. Acabamos nuestra maratón de sexo y en seguida trajo a la cama una botella de vino blanco helado y dos copas. Era un profesional de hacer eso, aunque me juró y me perjuró que aquella era la primera vez.

Me vestí y me acompañó hasta la calle. Cogí el taxi de vuelta aún perpleja con lo que había pasado, aturdida y sin creérmelo mucho. Fue la aventura sexual de mi vida hasta la fecha. Podía haber salido muy mal pero salió muy bien…

Al día siguiente me mandó algún whatsapp y me dijo que, para él, lo más excitante había sido ver, a través de su mirilla, como me vendaba los ojos antes de llamar al timbre.

Volví a verle una vez más, al par de semanas. Me invitó a comer, estuvimos charlando, volvimos a follar, pero ya no fue igual…ni de lejos. Fue un polvo normal, uno de tantos.

Hace muy pocos meses me pidió amistad en Facebook. Por supuesto le rechacé. Hay cosas que sólo se pueden hacer una vez.

¿Barbaridad o aventura? Un poco de las dos cosas pero yo, desde luego, no me arrepiento…¿Os atreveríais a hacer algo así?

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