Sexo en Chamberí

por Carlota Valdés

Como algunos que me seguís en el Instagram ya sabréis, hace unos días he sufrido una de las pérdidas más dolorosas de mi vida, y no, no se trata de una persona. Mi gata Bety, el animal que me ha acompañado a lo largo de 23 años se me fue hace unos días y de forma bastante dramática. Ella ha vivido en todas mis casas,  estaba allí antes de que me casara, estaba allí cuando nacieron mis hijos…ella estaba allí desde el principio de mi vida adulta.  Siempre pensé que duraría para siempre, que nunca me faltaría y esa fue justamente la razón de que no la cuidara demasiado. Cada una iba a lo suyo pero después por la noche nos reuníamos en el sofá…eso sí era sagrado.  Tras tantos años juntas, la gata ya era como yo: pesada, quejica, celosa, insistente pero también independiente, noble, cariñosa y buena.

Los días posteriores a su muerte me dejaron varias lecciones de vida; pensé mucho sobre bastantes cosas en esos días de profunda tristeza en los que no paraba de llorar por mi animal y de mirar sus fotos. Y estas son algunas cosas que pensé…

-Hay animales mejores que muchas personas y personas que son como animales. Y eso queda de manifiesto cuando precisamente se te muere un animal. La gente asiste con perplejidad a tu pena y a tu duelo. Como si por perder a una persona (aunque fuera un o una hija de puta) la tristeza estuviera permitida pero no al perder a un buen animal que te ha acompañado toda una vida. Por tu animal más de un día de tristeza ya te miran raro o te dicen “cómprate otro”. Yo no se a quién llamar animal y a quién persona. Vamos a dejarlo en que todos somos animales algunos con más sensibilidad que otros.

-No soy una fan total de los bichos, pero me gustaba mi bicho, al igual que no me entusiasman los niños pero me gustan mis hijos (a ratos)  Hay una diferencia abismal entre los gatos y mi gato y los niños y mis niños. Y en esa unicidad, en esa exlusividad de ese ser que se diferencia de todos los demás seres radica toda su importancia. Ella no era ni siquiera una gata. No se lo que era. Era Bety. Que fuera gata era circunstancial.

-La sociedad no nos deja estar tristes. Parece que la tristeza nos pone realmente nerviosos. Pues bien: a veces lo que quieres y sobre todo, lo que necesitas es estar triste. No todos los días me apetece estar contenta ni todos los días lo merezco. Ni pasa nada por llorar, ni pasa nada por pasar tres días comiendo solo helados y cerveza ni pasa nada por recordar. Ya está bien de tanta felicidad enlatada. Ya seré feliz si me da la gana pero si necesito sufrir ¿por qué está tan mal visto? El dolor es una purga…tiene que salir..y no pasa nada, oye. Ya seremos felices otro día, que hay muchos.

-Quería más a mi gata que a muchos familiares cercanos, con los que no tengo ninguna relación. ¿Os parece raro? A mi no. Me da igual que esas personas sean humanas y mi gata, animal. Lo que importa es el tiempo y el amor compartido, lo que vives con ese ser, que hable o no es lo de menos.

-Los animales nos gustan tanto porque no nos contradicen, no hablan y nos obeceden…¿se puede pedir más?

-La muerte de mi gata la viví de exacta manera a la muerte de mi abuela. Obviamente sentí más la muerte de mi abuela, me refiero a la forma. Cuando mi gata se me moría, la escena que viví fue casi idéntica a la que viví cuando se nos murió mi abuela en el hospital. Igual que a mi abuelita le decía cuánto la quería y cuánto la iba a echar de menos mientras la cogía de la mano, hice lo mismo con Bety, cogiéndola de sus patitas frías. A mi abuela le asomaba el pelo blanco bajo las sábanas y a mi gata sus dos orejas de Batman bajo mi edredón, donde dormimos las dos juntas esa última noche. En tantos años jamás la dejé dormir conmigo pero en su noche definitiva sí estuvo conmigo. Recuerdo que tenía la mano en su tripa para ver si respiraba aún y notaba los débiles latiditos de su corazón. Jamás había reparado en que mi gata tenía corazón. Lloraba encima de su cara y ella se bebía mis lágrímas…Nuestra despedida fue preciosa y triste a la vez.  Nos despedimos como los dos seres conectados que éramos.

-Cuando perdemos algo que nos importa no somos tan buenos como para pensar solo en esa persona o animal que se nos ha ido. Pensamos sobre todo en nosotros. En ese cariño que se nos daba y que ahora ya no vamos a tener… Es que siempre estamos pensando en nosotros ¿no os habéis dado cuenta? Cuando la gente en Facebook me decía “pobre Beti” yo pensaba: “Pobre yo” que ya no tendré a nadie que me quiera como ella….a ella ya le da igual

-Cuando perdemos algo lo primero que hacemos es culparnos...el caso es darnos caña…se me murió porque no le daba comida de lata, es que no le di las pastillas del riñón, es que no iba a ver al abuelo a la residencia, es que estaba ya muy mayor y me daba pereza ir a visitarle, es que nunca me porté bien con él…es siempre lo mismo.  Muchas veces sí tenemos la culpa pero ¿qué más da ya? quizá nos sirva la lección para portarnos mejor con la gente que nos queda, al menos durante dos semanas.

-Cuanto menos caso te hacen, más quieres. Eso también me lo enseñó mi gata. A veces era tan pesada que la apartaba a manotazos, me ponía cojines encima para que no se me subiera, pero ella siempre encontraba el resquicio por donde colarse y abrirse camino hacia mi… cuanto menos caso le hacía más me adoraba ella.

-Las personas que están contigo en los momentos chungos son siempre las mismas. No te empeñes en buscar otras nuevas. Sin embargo las personas que están ausentes en los momentos chungos siempre son más de las que pensabas. Creías que estaban y de repente debieron ir a hacer la compra.

Los animales saben lo que conviene a sus dueños. Por ejemplo mi gata examinaba cuidadosamente a todos los tíos que entraban en mi casa y se sentaban en mi sofá y, casi siempre se ponía en medio, igual que las carabinas en el siglo pasado, Bety se encargaba de hacer el filtro. Los había que pasaban de ella totalmente, ni la miraban y esos pasaron de mi también y los había cariñosos con ella que resultaron ser buenos para mi también. Hay que mirar siempre siempre cómo se comporta una persona con los animales, con los niños y con los camareros. 

Lo que más echo de menos de Bety es su peso en mi regazo y el olor a rayos de su arenero en el baño, verla apostada durmiendo todo el día en el mismo brazo del sofá…Sin embargo, desde que tengo sus cenizas diría que nos hemos reubicado, cada una ha encontrado su lugar.

A mi gata la he puesto en una estantería del salón. Veo estúpido esparcir las cenizas en ningún lado. Ella nunca fue a ningún  sitio. Su universo era esta casa. Ahora la secuencia es esta: cada vez que miro al sofá y no la veo, entonces miro la estantería y veo la cajita y pienso: anda, pero si está aquí, si no se ha ido. Así que de alguna manera mi alma atea piensa que el espíritu de mi gata cuida de mi desde una cajita.

Eso me hace pensar que realmente cuando yo me muera tampoco es que tenga un lugar favorito donde mis hijos puedan esparcirme. Se me ha ocurrido que podría ser el Rastro que me gusta tantísimo…que me esparzan en medio de los montones de ropa a euro donde he pasado tantos buenos ratos…porque estos paisajes de mares, montes y barcos donde la gente hace todo esto a mi no me parecen auténticos. Yo prefiero el Rastro, un  bar o como Bety, estar en una estantería, pero no con cualquier libro, claro.

¿Alguien me entiende?

 

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